lunes, 12 de noviembre de 2012

En la Feria del Libro del Zócalo


Escultura hecha con latas de pintura en aerosol.





Muy amables los chicos encargados de la librería Gandhi.



A la izquierda se alcanza a ver el teatro La corrala del mitote, donde se escenificó Hamlet, de William Shakespeare.


 
Mi hija con sus primeras compras.
 
 

Me encantó este leetrero.







Jugando con las tomas que podían hacerse en la escultura "Ángel de la Paz", de José Toledo.







El stand de Guatemala, el país invitado en esta Feria del Libro.
 


Acercamiento de la escultura de botes de pintura en aerosol.






Vista desde el Restaurant La Terraza, de espléndida vista, comida rica y precios bastante económicos.



No supe quién es el autor de esta escultura.



Editorial Cultura, de Guatemala.


 
Escultura "vestida" con un precioso bordado guatemalteco.

jueves, 1 de noviembre de 2012

De paseo por Coyoacán

 
Malvones.
 

 
Farolas.
 
 
 
Un árbol seco.


 
León guardián.
 

 
¿Será Comala?
 

 
De camino al cementerio.
 

 
Bello portón.
 
 
 
 
Me encanta esta casa.
 
 
 
Las calacas trepando árboles.
 

 
Quiosco.
 
 
 
Actores.
 
 
 
Amables encapuchados.
 
 
 
Miguel Hidalgo y Costilla.
 
 

Tomando el sol.

miércoles, 17 de octubre de 2012

Décimas a Dios, de Guadalupe (Pita) Amor



       Guadalupe Amor (1918-2000)


Dios, invención admirable,
hecha de ansiedad humana
y de esencia tan arcana
que se vuelve impenetrable.
¿Por qué no eres tú palpable
para el soberbio que vio?
¿Por qué me dices que no
cuando te pido que vengas?
Dios mío, no te detengas,
o ¿quieres que vaya yo?






La angustia y la vanidad,
fundidas, te han inventado,
y después te han obligado
a ser la sola verdad.
Quiso la fatalidad
que me tocases de herencia;
mas me persigue tu ausencia
y me da espanto mi suerte,
pues voy a morir sin verte
y sin comprender tu esencia.



No, no es después de la muerte,
cuando eres, Dios, necesario;
es en el infierno diario
cuando es milagro tenerte.
Y aunque no es posible verte
ni tu voz se logra oír,
¡qué alucinación sentir
que en la propia sangre habitas,
y en el corazón palpitas,
mientras él puede latir!



Pita Amor.


Me sirves de baluarte,
de asilo de mis temores,
de centro de mis amores,
y a ti ¿qué puedo yo darte?
Egoístamente amarte;
pedirte que seas verdad;
que comprendas mi maldad;
que mi ser tenga sentido,
y que mi último latido
haga eco en la eternidad.


jueves, 6 de septiembre de 2012

Ray Bradbury, Fahrenheit 451


 
Les comparto algunos fragmentos que me gustaron mucho de esta obra.


Y, de repente, le resultó tan extraña que Montag no pudo creer que la conociese. Estaba en otra casa, como esos chistes que contaba la gente acerca del caballero embriagado que llegaba a casa ya entrada la noche, abría una puerta que no era la suya, se metía en una habitación que no era la suya, se acostaba con una desconocida, se levantaba temprano y se marchaba a trabajar sin que ninguno de los dos hubiese notado nada. (p. 54)



 
 Ray Bradbury
 
 
 
 
—No juzguen un libro por su sobrecubierta —dijo alguien. (p. 173)


[…] Cuando era niño, mi abuelo murió. Era escultor. También era un hombre muy bueno, tenía mucho amor que dar al mundo, y ayudó a eliminar la miseria en nuestra ciudad; y construía juguetes para nosotros, y se dedicó a mil actividades durante su vida; siempre tenía las manos ocupadas. Y cuando murió, de pronto me di cuenta de que no lloraba por él, sino por las cosas que hacía. Lloraba porque nunca más volvería a hacerlas, nunca más volvería a labrar otro pedazo de madera y no nos ayudaría a criar pichones en el patio, ni tocaría el violín como él sabía hacerlo, ni nos contaría chistes. Formaba parte de nosotros, y cuando murió, todas las actividades se interrumpieron, y nadie era capaz de hacerlas como él. Era individualista. Era un hombre importante. Nunca me he sobrepuesto a su muerte. A menudo pienso en las tallas maravillosas que nunca han cobrado forma a causa de su muerte. Cuántos chistes faltan al mundo, y cuántos pichones no han sido tocados por sus manos. Configuró el mundo, hizo cosas en su beneficio. La noche en que falleció, el mundo sufrió una pérdida de diez millones de buenas acciones. (pp. 174-175)


 
—Cuando muere, todo el mundo debe dejar algo detrás, decía mi abuelo. Un hijo, un libro, un cuadro, una casa, una pared levantada o un par de zapatos. O un jardín plantado. Algo que tu mano tocará de un modo especial, de modo que tu alma tenga algún sitio a donde ir cuando tú mueras, y cuando la gente mire ese árbol, o esa flor, que tú plantaste, tú estarás allí. “No importa lo que hagas —decía—, en tanto que cambies algo respecto a como era antes de tocarlo, convirtiéndolo en algo que sea como tú después de que separes de ello tus manos. La diferencia entre el hombre que se limita a cortar el césped y un auténtico jardinero está en el tacto. El cortador de césped igual podría no haber estado allí, el jardinero estará allí para siempre.” (p. 175)




Ray Bradbury, Fahrenheit 451, PLAZA & JANES EDITORES, Barcelona, 1988.