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sábado, 4 de agosto de 2012

Leer y leer II, por Marta Nualart



Diálogo entre la aurora y el crepúsculo (fotomontaje de Marta Nualart).

Leer es apasionante sin más. Pero entre leer y leer hay la maravillosa conjunción de voces que encierra cada texto literario. De entre esas voces, quizá la más enigmática e irreconocible es la que emerge desde lo más profundo de mi ser cuando leo.



En una novela, en un cuento interactúan personajes diferentes y mi voz interna debe hacer algo especial cuando lee en silencio para que yo pueda identificar la multiplicidad de interlocutores e interpretar el verdadero sentido de una obra. En muchas ocasiones he llegado a confundirme y como los buenos vinos he dejado añejar algunos libros con la intención de disfrutarlos más tarde. Entre ellos está: “Paradiso” de Lezama Lima.



José Lezama Lima.

Otra lectura “para más tarde” es: “Las olas” de Virginia Woolf aunque en éste caso no sólo se trata de los (siete) personajes sino de (siete) monólogos cuyas voces navegan entrelazadas en el tiempo. El telón de fondo, la transición entre capítulos es la descripción de un paisaje que mira al mar desde la aurora hasta el crepúsculo. El tiempo, tan repetitivo en apariencia pero tan diferente y pausado como la luz del sol en su intermitente mutación cromática marca el ritmo de “las olas”. Aquí las voces transitan en otra dimensión, la dimensión poética del alma humana de cara a los abismos. ¿Cómo leer ese texto si no es en su lengua original? Cualquier traducción a esas alturas, por buena que esta sea, no deja de ser una burda interpretación.



Virginia Woolf.



¿Y qué decir del fenómeno Pessoa? Un escritor con personalidad múltiple (en realidad se trata de cuatro autores en uno) más adecuado para lectores psicoanalistas. Porque al final lo importante es poder desenredar esa bola de voces como si se tratara de ovillos y de tejidos.



Fernando Pessoa.

Paradójicamente yo encuentro más complejo enfrentarme a una sola voz como es habitual en la lectura poética. Tal vez esa sea la razón por la que considero a la poesía como “perla negra inencontrable” aunque poco sé de perlas y en cambio conozco un poco de poesía.

Cada quien elije sus joyas y me imagino que no es pura casualidad el símil. Una perla se forma accidentalmente cuando un objeto extraño entra en un molusco y como no puede expulsarlo lo va cubriendo con una sustancia propia, una sustancia que, a saber porqué, todos valoran como algo precioso. Y dice la Wikipedia –que en ocasiones como ésta es muy útil-: “El brillo de la perla proviene de la reflexión luminosa en la superficie cristalina […] Las perlas negras son únicas, de brillo intenso…” Es difícil explicar algo tan subjetivo como la relación que veo entre las perlas negras, la poesía y la voz. Por lo demás coinciden los datos: como las perlas, la poesía suele ser de pequeñas dimensiones, pulida por el tiempo y de colores nacarados. Su brillo puede ser encantador.



¿Pero cual es el significado de la voz? Hace unos días asistí a la presentación del libro: “Cambiar de corazón” de Francisco Martínez Negrete por invitación de mi amiga Elsa Torres Garza quien estaría, junto a José María Espinasa y Verónica Volkow en la mesa como presentadora. Escuché con atención todo lo que ellos comentaron y al final cuando el poeta empezó a leer, imperceptiblemente algo cambió: su voz ronca y monótona oscilaba de manera gradual del grito al susurro y al canto. Todo aquello que discurrieron antes los especialistas me hizo reír, estuve o no, de acuerdo, pero la voz del poeta llegó a mis sentidos desprendiendo capa por capa las telas de la coraza que me protege tocando lo más profundo de mi emoción. Tal vez no escuchaba las palabras con el cerebro o la razón, las palabras en sí me parecían absurdas, pero el ritmo, el tono de su voz me hizo un nudo en la garganta y por momentos, una fina veladura húmeda apareció sobre mis ojos. ¿Qué clase de prodigio era ése? No trato de comprenderlo, sólo sé que existe.




Así que la voz interior nos une con la literatura y a la vez nos separa del exterior. Ignoro si toda la gente logra sumergirse en la lectura de esa manera, supongo que no, lo cual tiene más desventajas que ventajas. Tener gobernantes que no recuerdan un solo libro significativo en su vida, es decir, la ignorancia como rasgo de un pueblo es una gran desventaja, la creatividad jocosa de los espectaculares de la librería Gandhi es una pequeña ventaja. No hace falta ser perspicaz para deducir que el sistema educativo tiene algo que ver.



Lo cierto es que la voz es un factor importante y entre leer en silencio y leer en voz alta se producen efectos diferentes. Leer en voz alta es tan contagioso y envolvente como la música. Tuve la oportunidad de observarlo en la tele cuando vi una entrevista con el cineasta Oscar Blancarte. Por él me enteré que existe en Culiacán, al norte del país, un pueblo llamado Recoveco que dedica un día completo a la lectura en voz alta de “Cien años de soledad” novela de Gabriel García Márquez. 





Ese día Recoveco lo celebra como una fiesta: cada habitante toma el libro, pasa frente al micrófono, lee un fragmento y así hasta la frase final. La gente permanece atenta sin paralizar sus actividades laborales y en el ambiente flota siempre una voz: la del primer José Arcadio Buendía, la de Úrsula, la de los demás José Arcadios, Úrsulas, Remedios y Amarantas, Aurelianos y otros personajes. La novela lo merece, el pueblo lo disfruta y por lo que vi, se enorgullece. Es una especie de círculo de lectura a gran escala.



Gabriel García Márquez.



Azar Nafisi.


La lectura tiene diferentes facetas y en los círculos de lectura las voces se abren como abanicos orientales no sólo para dar aire pero también para compartir imágenes que irisan el entorno como flores marinas. Es curioso ver como la literatura se ocupa del tema. “El Club de Lectura de Jane Austen” novela de Karen Joy Fowler  o “Leer Lolita en Teherán” de Azar Nafisi.






Karen Joy Fowler.


Los círculos de lectura son como sociedades secretas a los que para ingresar hay que pasar pruebas. Yo llegué a uno de estos círculos a través de una amiga, obsesiva compulsiva lectora poseedora de tal cúmulo libresco que me otorgaba un crédito abierto –aunque eso no me exentaba de pagar mi cuota-. Así entré a ese círculo literario, un poco más parecido a una clase particular sobre literatura universal porque existía una maestra –poeta por añadidura- que ilustraba y guiaba el curso de las lecturas. Hablo en pasado porque mi participación fue temporal; al cabo de unos meses proseguí mi camino.




La experiencia, sin embargo fue maravillosa. Cuando entré, los autores que tocaban eran Joseph Conrad y Sándor Márai. La bendita diosa de la lectura hizo que encontrara dos libros misteriosamente vinculados entre sí -además de los nexos obvios entre ambos escritores-. De Sándor Márai elegí: “El último encuentro” y en una librería de viejo hallé: “El duelo” de Joseph Conrad. Conrad nació en Berdyczów –antes Polonia, hoy Ucrania- en 1857 pero salió de su patria siendo muy joven y adoptó otra lengua. Amante de Shakespeare como su padre –quien fue condenado a trabajos forzados en Siberia por su actividad política nacionalista y por ende en contra del imperio del Zar-, Joseph optó por el exilio y se hizo marino. Un marino muy peculiar. Lo cierto es que Conrad es considerado uno de los grandes escritores de la lengua inglesa. Yo ya había leído “El corazón de las tinieblas”, novela que me pareció indescifrable, oscura, intrincada. En cambio “El duelo” es una historia más convencional: trata de un malentendido entre dos militares de rangos diferentes que adquiere dimensiones inusitadas al estallar el fuego del orgullo que permanece, sin razón, por toda una vida.


 


La obra de Márai: “El último encuentro” se relaciona también con un duelo entre dos amigos que se conocen en el ámbito militar. Uno de ellos se llama Konrád. No resisto la tentación de citar un fragmento:

"Escuchaba la música con todo su cuerpo, con una atención parecida a la que presta un condenado en su celda al ruido de pasos que quizás lleven la noticia de su salvación. En esos momentos no oía a quienes se dirigían a él. La música rompía en pedazos el mundo a su alrededor, cambiaba las leyes establecidas de manera artificial durante unos instantes: en esos momentos Konrád no era un soldado." 

Sándor Márai nació en 1900 en Kassa antiguo reino de Hungría -hoy perteneciente a Eslovaquia-. Contrario a la ideología fascista y perseguido por el régimen comunista se vio obligado a emigrar a los Estados Unidos.



      Sándor Márai.

La lectura paralela de Conrad y Márai se justificaba plenamente por la raíz eslava de sus respectivas lenguas y por la proximidad geográfica de sus orígenes. En la clase, en el círculo de lectura narré mi experiencia, comenté mis reflexiones pero aunque pasamos rápidamente a otro tema y a otros autores –en este caso a mujeres escritoras mexicanas-, me quedé pensando y leyendo a Sándor Márai:

“La madre ejecutaba la pieza con pasión: tocaban la Polonesa-Fantasía de Chopin. Era como si todo se hubiese revuelto en el salón. El padre y el hijo sentían, sentados en sus sillones en aquel rincón, en su espera paciente y disciplinada, que en los dos cuerpos, en el cuerpo de Konrád y en el de la madre, estaba sucediendo algo. Era como si la rebeldía de la música hubiese elevado los muebles, como si una fuerza invisible hubiera movido las pesadas cortinas desde el otro lado de las ventanas; era como si todo lo que había sido enterrado en los corazones humanos, todo lo corrompido y descompuesto reviviera, como si en el corazón de cada uno se escondiese un ritmo mortal que empezara a latir en un momento dado de la vida con una fuerza inexorable. Los oyentes disciplinados comprendieron que la música podía ser peligrosa. Los otros dos, la madre y Konrád, sentados al piano, no hacían caso de los peligros. La Polonesa-Fantasía era tan sólo un pretexto para desatar en el mundo unas fuerzas que todo lo mueven, que lo hacen estallar todo, todo lo que la disciplina y el orden humanos intentan ocultar.”




Cuando leo algo así comprendo por qué no veo el reloj y en cambio siento como va naciendo un volcán a mis pies, como crece, ruge y hierve por dentro a punto de explotar. Salir de ese proceso cuesta incluso cuando lo que leo es un monólogo característica que destaca en el estilo de Márai. Para mí fue un desafío, una prueba de paciencia. El parlamento que surge desde el personaje y aparenta ser un dialogo es en realidad la voz cotidiana que nos acompaña siempre en la soledad.

Luego me seguí con “La amante de Bolzano”, deslumbrante juego de espejos que describe la magia de la seducción y su victoria por encima de las apariencias. El Casanova, el Don Juan cínico e insaciable es una entre otras piezas batallando en un tablero de ajedrez cuyas figuras silenciosas van cayendo para acorralar al más notable y poderoso por un simple peón. Entretanto se desnuda el alma. Ya no hay rincón donde esconderse. Las verdades quedan al descubierto y la voz intenta ponerse en el lugar del otro como en “La mujer justa” paradójico título para una historia que explora todas las posibilidades, va más allá de lo convencional, de las limitaciones que separan a cada individuo por sexo, edad, raza y clase social. Al final ricos y pobres, mujeres y hombres se miran cara a cara con las manos vacías. Ya se ha vivido y se ha dicho todo. Me imagino al ser humano navegando en un mar oscuro y peligroso, un mar que oxida y carcome la esperanza, un estar a merced de la tormenta y de la supervivencia, como una línea de sombra, no una simple coincidencia.



Margaret Atwood.


Doris Lessing.

Para finalizar y sin tener razones muy claras pensaba atar dos cabos sueltos, dos autoras que me interesaba mencionar: Doris Lessing y Margaret Atwood… supongo que va por el mismo camino que llevó a Francis Ford Coppola a tomar como base “El corazón de las tinieblas” de Joseph Conrad para su película Apocalypse Now… ya será para otra vez.




viernes, 18 de septiembre de 2009

LEER Y LEER, por Marta Nualart



Fotomontaje: Flor griega ensangrentada*



*Imagen de letras griegas tomada del libro: Anacreonte, Safo y Tirteo (obviamente de la parte correspondiente a Safo).



Le pedí a Marta Nualart, amiga de toda la vida y a quien quiero y admiro enormemente, que escribiera un texto para este blog. Acabo de recibirlo y, la neta, me encantó. Es el siguiente:




Leer y leer

Escribo para tu blog, querida Blanca, a pedido tuyo. Ya sé que no necesitamos de pretextos para nuestras afinidades: hemos recorrido la vida en torno a nuestras afinidades, una de ellas son los libros. Hace pocos días fuimos juntas a las librerías de viejo que tanto te encantan: las de la calle de Donceles. Me compartiste otra vez tus caminos preferidos, como antes me hiciste conocer a Led Zeppelín, a Pink Floyd en sesiones musicales sensacionales.


Comparto contigo la pasión por los libros y cada una lo expresa en su estilo.

Leer es, para mí, una manera de ver, es una manera de conocer, es interpretar textos. Leer nos convierte en hermeneutas, cosmonautas, cineastas, guionistas, aventureras, nómadas incansables, aficionadas al sueño, a las utopías. Leer nos comunica con el mundo de lo posible y con el de la fantasía (el que más nos gusta a quienes nos apasiona la literatura). Claro, porque hay una diferencia entre leer y leer. Y yo elegí leer libros de literatura: novelas, algunos cuentos, novelas cortas, novelas río, biografías, biografías noveladas, diarios, prosa poética y algo de poesía-perlanegrainencontrable -. Pero sobre todo me gusta leer novelas.

Desde que me convencí de que leer era la actividad más placentera y creativa que había en la vida —a cambio de vivir la verdadera vida—, me propuse hacer una lista de libros leídos: por un tiempo la empecé a hacer, pero luego la olvidé. Craso error, porque ahora me regodearía con la larga lista de mi sapiencia; sapiencia cuantimás dudosa, ya que en una lista, en una estantería o en la propia memoria, resaltan sólo pocos títulos.

Cuando tuve que decidir a qué dedicarme, fantaseaba con trabajar en una librería y así tener miles de libros a mi disposición sin necesidad de comprarlos o acumularlos en el poco espacio de mi —entonces— cuarto.


Nunca trabajé en una librería, en cambio me dediqué a ser fonotecaria, que en realidad era como ser librera, pero de sonidos, especialmente de música.


Por muchos años tuve a mi disposición inmensas fonotecas: cintas, discos LP, discos compactos. El chiste no era tenerlos sino escucharlos. A los libros por ende, —me dije— también hay que escucharlos.


¡Y por azares del destino acabé trabajando durante diez años en una biblioteca!
Feo caso, pero descubrí que a la mayoría de los bibliotecarios no les gustan los libros.


Yo, en cambio, cada día invento un buen pretexto para tener un libro cerca de mi vista, los pongo sobre mi buró con la esperanza de ganarle la partida a la pantalla de TV. No hay comparación. Los libros siguen brillando aun frente a la competencia seductora de las imágenes. No me privo de ninguna opción, pero me atrapan los libros que se apilan cerca de mí, tan quietos y tan aparentemente inocentes…

El primer gran libro en mi vida —aunque nunca lo leí— , era un libro infantil: Criaturas acuáticas, creo, se titulaba. Carezco de datos más precisos, pero lo que sí tengo muy presente son sus tapas verdes de piel, sus pocas imágenes, en este caso pequeños y enigmáticos grabados dispersos a lo largo del texto. Nunca lo leí, tal vez porque no tenía la edad suficiente, pero la verdad es que ese libro, como objeto, me es tan significativo que fue el que desató mi pasión por los libros.

Los libros se clasifican por títulos, por autores, pero para mí son también objetos que encierran mundos codiciados, secretos por develar, signos que brillan como el papel paspartú, como la diamantina.


Ando cargando de casa en casa con esos pocos libros que a veces vuelvo a leer o regalo sin parar. He leído muchos libros prestados y muchos he prestado, aunque me cuido bien de prestar libros a quienes no los leen.

El mundo alucinante, de Reinaldo Arenas, es un libro que he leído dos o tres veces y que me fascina, aunque no lo tengo. Me fascina su historia y la metáfora que encierra, me fascina saber que Fray Servando Teresa de Mier, nombre que para mí significaba tan sólo una calle de mi ciudad, fue el personaje que el escritor cubano eligió como símbolo de su propia vida: la cárcel de las ideas versus la libertad de la imaginación. Nunca he leído un libro más alucinante salvo, quizás, las obras de Rimbaud. Anoté una frase que Arenas pone en palabras de Fray Servando: “Orlando, rara mujer…”, extraño lugar para encontrar esa cita insólita en Fray Servando, pero simbólica para Arenas, cita que me condujo de nuevo a Virginia Woolf, cuya novela Orlando es otra reiterada lectura que suelo comprar siempre para regalar, como también Fuegos, de Marguerite Yourcenar, librito que he leído cuatro veces.

De los cientos de libros que se editan diariamente, jamás podría llegar a leerlos todos —cosa que tampoco me preocupa— aunque la lista de espera es larga.


Como tú, poseo más libros de los que alcanzo a leer, curiosamente me deshago de los que más me importan.


Sabio consejo el de la regla N° XIII del librero de finales del Siglo XVIII: "Una vez leído, no lo retengas".

Leer satisface mi curiosidad, me sirve para indagar en lugares prohibidos, para seguir rutas. Un libro me conduce a otro siempre, me lleva de la mano y sin querer se van trazando mapas.
Por ejemplo, hacía tiempo que buscaba el Diario de Andre Gide; ya antes había leído El inmoralista y me pareció que no decía las cosas que esperaba escuchar. A la par de la tan anhelada lectura del Diario, encontré entre mis libros Los cuadernos de la Petit Dame, de Elisabeth van Rysselberghe, un diario alterno al de Gide, pues Elisabeth fue la madre de la hija del famoso autor. Ella describe con amor a un André Gide más humano que el que se lee en su diario, ella da detalles que Gide jamás menciona. Era la introducción que necesitaba para iniciar esa lectura tan deseada (más que introducción, fue un libro complementario: una especie de anexo revelador). De todas formas, ¡qué decepción que él haya omitido tantas cosas que vivió!, que no quiso o no pudo narrar pródigamente, honestamente, como muchos de sus seguidores hubiésemos deseado: en primer lugar, sus propias vivencias, y también sus encuentros con Wilde, con Proust, con Cocteau, lamentables omisiones cuyas raíces —sospecho—, parten de su temor a la condena; una especie de "No quiero ruidos con la inquisición", frase significativa expresada por Sor Juana en su famosa Respuesta a Sor Filotea. El miedo, persistente y amenazadora sombra que acecha a la libertad bajo diversos nombres: culpa, castigo, tortura, cárcel, censura, muerte.

Alguna vez, con motivo de una mudanza en casa de uno de mis hermanos en Monterrey, encontré una caja con libros para desechar. Dos de ellos llamaron poderosamente mi atención: sabía que eran libros muy valiosos, muy hermosos, eran tesoros que los inquilinos anteriores tiraron a la basura. Me quedé con ellos. No encuentro palabras para describirlos: Anacreonte, Safo y Tirteo, traducidos del griego en prosa y verso por Don José del Castillo Ayensa de la Real Academia Española. Madrid en la Imprenta Real 1852. El otro de Virgilio: Traducción de las obras del príncipe de los poetas latinos P. Virgilio Maron a verso castellano. Dividida en quatro tomos. Tomo II. Que contiene los quatro primeros libros de LA ENEIDA Por D. Joseph Rafael Larrañaga. México, en la Oficina de los Herederos del Lic. D. Joseph de Jauregui, Calle de San Bernardo. Año de 1787.
Me gusta pensar que este libro bien hubiera podido pertenecer a la biblioteca de Fray Servando Teresa de Mier. Son mis tesoros y aun así, he pensado en donarlos a alguna biblioteca para compartirlos y conservarlos de manera adecuada, desgraciadamente el ofrecimiento que hice a la biblioteca en la que trabajé durante diez años fue recibido con tal desinterés y frialdad que…siguen conmigo.

Podría contar un montón de anécdotas sobre el tema, pero menciono por último la frase de Alessandro Baricco que, hojeando por ahí, descubrí y anoté recientemente: “Un libro es un viaje para caminantes pacientes”.


Pues sí, un libro es, para unos, tarea de paciencia y para otras como yo, es sólo una gota que no sacia mi sed. Las bibliotecas, las librerías, las colecciones de libros, se convierten entonces en una llave que abre un chorro alborotado de agua corriente.


Esa sensación de impaciencia ante los miles de libros que esperan en mi lista, es una de las cosas que comparto contigo, amiga Blanca, e intuyo que, como a mí, te obsesiona la interpretación de los signos o simplemente la visión de las letras. El fotomontaje que encabeza mi texto es un ejemplo de la importancia que las letras, las palabras como imágenes me provocan.