jueves, 2 de septiembre de 2010

Anaforismos, de Anna Kullick Lackner

Anna Kullick Lackner
Hace tiempo que tengo este librito de Anna Kullick Lackner, y digo librito porque en verdad es pequeño, más o menos 7 dedos de largo por 4 de ancho (lo siento, pero no tengo otra medida a mano).


Y de hecho fue su tamaño lo que primero llamó mi atención, aunque también el título. Tal vez anaforismo signifique otra cosa, pero yo lo veo como un juego de palabras entre Anna y aforismos, porque, al igual que el libro, los aforismos son pequeñitos, breves, sólo que éstos son de Anna.


Los siguientes son algunos datos que encontré sobre la autora en Internet, lo mismo que la fotografía. No sé más de ella, salvo que escribía en su blog llamado Sedienta de humedales, pero dejó de hacerlo en 2007.


Anna Kullick Lackner (Monterrey, Nuevo León, 1960). Ha publicado los libros Anaforismos (Ed. Verdehalago, 1996), Háblame en la lengua de la ausencia (Ed. Libros de la Mancuspia, 1996) y Las palabras no nacidas (Ed. Verdehalago/Conarte, 1999). Ha sido antologada en International Poetry Festival (Edición Bilingüe, University of Texas/UANL, 1999) y Maratones de Poesía (Ed. Tunastral, Toluca, Estado de México, 2002). Ha publicado en las siguientes revistas literarias: Tierra Adentro, Salamandra, Cantera Verde, Papeles de la Mancuspia, El Correo Chuan, El Cocodrilo, Himen y Resonancia, así como en el suplemento cultural del periódico El Norte, de Monterrey. http://arteycultura.uanl.mx/index.php/literatura/miercoles-ocho-de-septiembre-verso-norte.html


Ahora dejemos que sea Anna quien nos hable a través de sus anaforismos, que copio de la parte II, titulada Autodelatos o Desanudos.


Alguna vez leí que conocer, en hebreo, es sinónimo de amar. Tú me conoces en español, yo lo hago en hebreo.


Cuando los huesos tienen frío, el alma salta sobre la hoguera de los recuerdos.


No encuentro mi lugar en este mundo. En tanto, colecciono casas como intentando estar en ellas: fachadas, réplicas en yeso, dibujos. Todas son miniaturas.


Escribo desde los diecisiete años. Jamás había publicado nada hasta ahora, diecisiete años después. Siempre quise conocer la sensación. Es un sueño hecho realidad: ando desnuda por las calles de un pueblo.


Una línea delgada de lápiz. Tuvo que ser el niño. Sobre el poema recién escrito, parece un pelo en la sopa.


Mi niño me besa. Deja el azúcar de su boca sobre el hielo de mi nariz. La hogaza de pan humea bajo una escarcha de nieve.


Muchas veces viajo en los zapatos del amigo. Busco en mis recuerdos alguna experiencia similar. Entonces es increíble cómo en tantas ocasiones somos uno.


En la tarde de hoy me basta el mañana. Mañana me bastará la tarde de ayer.


viernes, 27 de agosto de 2010

Perfil asesino, de John Connolly


Leí recientemente Perfil asesino (The Killing Kind), de John Connolly, editado por Tusquets y cuya traducción estuvo a cargo de Carlos Milla Soler.

Los crímenes que se narran en esta novela, además de horror, me produjeron escalofríos y repulsión, porque, además de su atroz crueldad, la mayoría de ellos tiene que ver con arañas, cientos de arañas, entre ellas viudas negras y reclusas. De estas últimas nunca había oído hablar.

Pero no hablaré de la novela; lo que quiero compartirles es la descripción de un libro singular, para cuya creación son necesarios los crímenes mencionados.


Cito textualmente:
El libro tenía unos treinta y cinco centímetros de largo y unos dieciocho de ancho. Seis huesos pequeños cruzaban el lomo horizontalmente en tres grupos equidistantes de dos. Se veían un poco amarillentos y recubiertos de alguna clase de conservante que los hacía brillar a la luz del sol. Aunque no habría podido asegurarlo, pensé que quizá se trataba de los extremos de unas costillas. En comparación con la textura del material sobre el que estaban embutidos, resultaban suaves al tacto. La tapa del libro había sido teñida de rojo intenso, a través del cual se veían pliegues y arrugas. Cerca del ángulo superior izquierdo sobresalía un lunar.
Era piel humana. La habían secado y cosido en retazos, usando como hilo lo que parecía tendón y tripa. Al acariciar la tapa con los dedos, no sólo percibí los poros y las líneas de la dermis utilizada para encuadernarlo, sino también las formas de los huesos que constituían el armazón: radios y cúbitos, sospeché, y probablemente más costillas. Daba la impresión de que el propio libro hubiese sido antes un ser vivo, piel sobre hueso, y de que sólo le faltaban la carne y la sangre para devolverle la plenitud original.
No había texto escrito ni en la tapa ni en el lomo, ni indicio alguno del contenido del libro. La única marca era la ilustración de la cubierta, de estilo jansenista con un único motivo central que se repetía en los cuatro ángulos. Era una araña, grabada con pan de oro, sus ocho patas enroscadas para sujetar una llave de oro.


Abrí el libro utilizando sólo las yemas de los dedos. El lomo lo formaba una espina dorsal humana, unida mediante hilo de oro, el único material que por lo visto no procedía de un cuerpo humano. Las páginas también habían sido cosidas con tendón. Por dentro, las tapas no estaban teñidas y se adivinaba más claramente la diferencia de pigmentación de las diferentes pieles empleadas. De lo alto del lomo descendía un punto de lectura hecho con mechones de pelo humano trenzados, obtenidos de cuerpos que, por razones de discreción y para ocultarlos, no podían ser presentados de manera más evidente.
El libro tenía alrededor de treinta hojas de diversos tamaños. Dos o tres se habían confeccionado mediante un único retazo de piel, con un ancho del doble del propio libro. Éstas habían sido plegadas y luego cosidas al lomo por el pliegue para crear dobles páginas; otras se componían de secciones menores de piel cuidadosamente cosidas entre sí, algunas no mayores de quince o veinte centímetros cuadrados. Las hojas variaban de grosor; una era tan fina que transparentaba mi mano, pero las otras tenían más capas. En su mayoría parecían fragmentos extraídos de la parte baja de la espalda o de los hombros; sin embargo, una presentaba el extraño orificio hundido de un ombligo humano y otra, cerca del centro, un pezón encogido. Como los bifolios de la antigüedad, los pergaminos hechos de piel de cabra y de vitela utilizados por los escribas medievales, un lado de la hoja, donde se había eliminado cualquier resto de vello corporal, era suave, en tanto que el otro era rugoso. Las caras suaves contenían las ilustraciones y el texto, de modo que en algunas dobles páginas sólo se había llenado el lado derecho.





Hoja tras hoja, en hermosa letra ornamental, aparecían pasajes del Apocalipsis; algunos eran capítulos completos, otros simplemente citas empleadas para desarrollar el significado de las ilustraciones. La caligrafía era de origen carolingio, una versión de la nítida y bella letra inspirada en el erudito anglosajón Alcuino de York, cada carácter con su forma precisa pero sencilla para mejor legibilidad. Faulkner había tenido en cuenta los orificios y defectos naturales de la piel, disimulándolos cuando era necesario con el carácter o adorno adecuados. Las mayúsculas eran unciales en todas las páginas, cada una de dos centímetros y medio de altura, resultado de centenares de trazos de pluma. Grotescos animales y sres humanos retozaban en torno a las bases y los trazos rectos.



DICCIONARIO HUMORÍSTICO


Hace tiempo tuve la fortuna de conseguir, en una librería de viejo de la calle de Donceles (en el Centro Histórico de la ciudad de México), el Diccionario humorístico, de Jorge Sintes Pros. Lo publicó la Editorial Sintes, en Barcelona, España, en 1958.
Lo fui saboreando poco a poco cada noche, ya instalada cómodamente en mi cama, antes de apagar la luz para dormir.
Lo disfruté mucho y me pregunto por qué no lo han vuelto a publicar. El libro contiene, como lo anuncia el subtítulo: Definiciones, Máximas, Agudezas, Paradojas, Epigramas, Ironías, etc., y la recopilación y selección estuvo a cargo de Jorge Sintes Pros.
Para los que no lo conocen, he aquí una probadita.



Amor. ¿Qué es el amor? Una fiebre pasajera que comienza con un estremecimiento y acaba con un bostezo. A. Basta

Antropófago. Un hombre al que le gustan sus semejantes. J. Garland Pollard

Ateo. El ateo no debería tener hueso sacro. R. Gómez de la Serna


Autor. Un gran autor clásico es un hombre al que se puede elogiar sin haberlo leído. Chesterton

Banco. Institución dispuesta a prestaros dinero, siempre que demostréis que no os hace falta. Anónimo

Calamidad. Advertencia de que las cosas de esta vida no dependen de nosotros. Hay dos clases de calamidades: las desdichas propias y las dichas ajenas. Bierce



Casado. Quiso la lengua castellana que de casado a cansado no hubiese más que una letra de diferencia. Lope de Vega

Decidir. Antes de decidir una cosa hay que pensarla bien; y después de pensarla bien, echarla a suertes. Noel Clarasó

Hombre. Un hombre no es nunca tan débil como cuando una mujer le está diciendo que es muy fuerte. Steve Hannagan

Llanto. Hasta después del llanto más sublime acaba uno por sonarse. Heinrich Heine

Muertos. Los muertos son gente fría y muy estirada. E. Jardiel Poncela

Perfecto invitado. El que hace sentir al anfitrión como en su casa. Marcelene Cox
Sol. El sol, de bruces sobre la cresta de la sierra, curiosea por las casas. Federico Gamboa










viernes, 20 de agosto de 2010

ARTÍCULOS CURIOSOS



Antifaz para dormir.


Estos artículos se venden en www.etsyshop.com. Me simpatiza la creatividad de sus autores.



Rock, peace & love.

Barba tejida.




La barba cuesta 48 dólares y hay varios modelos y colores.



Antifaz de Lenekonoir, a 24 dólares.




Lámpara de piso.




Guitarra hecha con una caja de puros.





Cojín Rocky Road.




Abrigo que brilla. Funciona con pilas y cuesta 550 dólares.



sábado, 10 de julio de 2010

El futbol visto por MORDILLO


Estas caricaturas son del genial humorista Guillermo Mordillo.










Dios es redondo, de Juan Villoro


Está a punto de acabarse el Mundial de Sudáfrica 2010, y, según el pulpo Paul, España ganará.

Yo sufro viendo los partidos en que juega México y suelo gozar con los cuartos de final, los semifinales y la final del Campeonato Mundial, aunque realmente no sé nada de futbol. El que sí lo conoce a fondo y es además un gran escritor es Juan Villoro.


Juan Villoro


Si bien, como dije antes, ignoro prácticamente todo sobre este deporte, disfruté mucho con la lectura de Dios es redondo, publicado por Editorial Planeta Mexicana en 2006.
Lo que se lee a continuación está tomado del capítulo V, titulado FRANCIA 98, ÚLTIMO MUNDIAL DEL SIGLO XX.


3 de julio
ZIDANIX EL GALO

Toda la Galia está ocupada por los romanos. ¿Toda la Galia? ¡No! Aún hay un campo de insurrectos. Aunque no bebieron poción mágica por respeto al antidoping, lograron detener al nuevo César. Maldini quedó a las puertas de Lutecia.
Una vez más asistimos a la ceremonia de los penales y el asunto se resolvió en los últimos dos fusilamientos. Blanc era el quinto tirador francés. Mientras colocaba la pelota en el manchón de cal, un recuerdo se apoderó del estadio: en 1993 Blanc dejó libre a un delantero búlgaro y Francia no asistió al Mundial de Estados Unidos. Después de ese error, dudó en aceptar la invitación del técnico para volver a ponerse la casaca azul. Ayer tuvo una magnífica oportunidad de arruinar de nuevo su conciencia; si fallaba, dejaría el triunfo en los botines de Di Biagio. Blanc necesitaba un exorcismo, un gol para olvidarse del búlgaro al que no había dejado de perseguir. ¿Cómo resolver la situación? Un personaje de Kafka jamás llegaría al balón, un personaje de Conrad fallaría de nuevo, un personaje de Proust usaría seis tomos para narrar un breve lance rumbo al tiempo perdido. Para fortuna de Laurent Blanc, ningún genio de la desventura escribía su destino: pateó la pelota con rústica sencillez, como si las tribulaciones de su vida interior fueran un invento de los compañeros que cerraban los ojos, arrodillados en el centro del campo, o de los periodistas ávidos de encontrar mayúsculas tareas para los héroes. Su gol borró aquel otro instante de maleficio y convirtió a Di Biagio en el invasor más nervioso de la Tierra. ¿Era posible anotar ante ese vendaval de silbidos?

Quien mejor entendía su situación era un hombre lejos de la cancha. Michel Platini anotó el penalti más triste de la historia; con ese tanto el Juventus ganó la Copa Europea de Clubes ante el Liverpool mientras los hooligans mataban a 39 italianos en las tribunas. El hartazgo de Platini ante la violencia implícita en el tiro de muerte fue tan severo que un año después, en 1986, llegó al Mundial de México como un dubitativo cobrador de penales. El organizador de Francia 98 compadecía al italiano, pero deseaba que fallara. Cuando el tiro de Di Biagio pegó en el larguero y se desvió rumbo al carajo, todos los ojos se dirigieron al palco donde Platini hacía la V de la victoria.

sábado, 3 de julio de 2010

GALERÍA DE HIPERBREVES

Galería de Hiperbreves


Fui al remate de libros en el Auditorio Nacional y, entre otros, compré un libro que hace tiempo deseaba y no encontraba en librería: Galería de hiperbreves. Nuevos relatos mínimos. Edición de Círculo Cultural Faroni, Tusquets Editores.

Estuve encantada en el remate, pues prácticamente todos los libros de Tusquets (generalmente caros) estaban a 50 y algunos a 30 pesos. No pude ver los que ofrecían otras editoriales, pues se me acabó el dinero en esta sola editorial.

Gracias a Alberto Chimal supe hace tiempo de Ana María Shua, una escritora argentina cuyos cuentos hiperbreves o ultracortos o minificciones (o como gusten llamar a estos relatos de una extensión máxima de 15 a 20 líneas) son fascinantes.



Alberto Chimal

Como señala Cecilia Eudave, al leer un minicuento "uno recibe esa dosis de gozo que trae consigo la audacia de lograr, en pocas líneas, la sensación de ser seducido por el contacto próximo de una situación, de un sentimiento, de una anécdota, de un suceso, de una confesión, de la deconstrucción de un mito, de una parábola, de una fábula o leyenda, que con creatividad ilimitada, nos invita a penetrar ese mundo de ficción donde -aun en la brevedad, o gracias a ella- todo es posible" http://www.literaturas.com/eudave.htm.

Ahora Ana María Shua es ultraconocida, al menos para los amantes de la minificción, pero los autores de los relatos mínimos del libro en cuestión son, creo, casi desconocidos en México. Por ello quiero dedicar esta entrada a algunos de los que más me gustaron.




Ana María Shua

Hipnotizado

Estoy segura de que toda nuestra desgracia ha sido por culpa de la televisión. Mire que se lo dije: Pepe, ¿no ves que el programa ese es una chorrada con azafatas de celofán? Pero él a lo suyo, ni caso. Que si era una oportunidad pintada para estar en un plató, que si sería divertido, que si veríamos de cerca el espectáculo del famoso hipnotizador Hiduín... En fin, una lista de supuestas gozadas que cada vez me confirmaban más su ilusión colegial. Claro, no podía decirle que no, y ya ve cómo estamos. En su afán antiguo de salir por la pantalla de marras va y se presenta voluntario para ser hipnotizado por el "gran" Hiduín. Yo le susurraba que no hiciese el ridículo, pero estaba imparable. El tipo le durmió en un santiamén con su voz aterciopelada de flexión rocambolesca, y pronunció aquello de "al contar tres despertará y será usted un dulce niño de dos años". Ya puede imaginarse el gatuperio que se armó entre los aplausos del público y los lloros de mi marido correteando y llamando a su "mamá". Y en eso que el Hiduín empieza a tambalearse y cae al suelo ante nuestro asombro. Calma, nos dicen, no es nada, un ataque al corazón... Y al final suspenden la grabación y dejan a mi Pepe así, sin que nadie sepa deshacer el entuerto. Y yo me pregunto, doctor, ¿cómo le digo a nuestro hijo que comparta los juguetes con su padre?

Diego Prado
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El globo

Mientras subía y subía, el globo lloraba al ver que se le escapaba el niño.

Miguel Saiz Álvarez
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Despertar

Despertó cansado, como todos los días. Se sentía como si un tren le hubiese pasado por encima.
Abrió un ojo y no vio nada. Abrió el otro y vio las vías.

Norberto Costa
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La última cena

El conde me ha invitado a su castillo. Naturalmente yo llevaré la bebida.

Ángel García Galiano