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viernes, 6 de abril de 2012

Remate de libros en el Auditorio Nacional 2



Francamente, esta vez me decepcionó el Remate de libros en el Auditorio Nacional. Los títulos de Tusquets editores que hace un par de años compré a 50 pesos, ahora estaban a 100. No sabía que en los remates los libros subían de precio en vez de bajar.



Remate de libros en el Auditorio Nacional.



La mayoría de los libros que había de Editorial Anagrama eran viejos y el precio dejaba mucho que desear.





Emociona verlos tan chiquitos disfrutando un libro.







Los de Quinteto estaban a 70 pesos. Hace no mucho tiempo en la librería Gandhi los vendían a 30 pesos, ahí sí a precio de remate. En esta misma librería compré varios números atrasados de Letras libres a cinco pesos. En el Auditorio los vendían a 10, 30 y 40 pesos.




Librería Gandhi.







Espero que la próxima vez los precios sí sean de remate.











Lo mejor que conseguimos mi hija y yo fue Rebelión en la granja, de George Orwell, Destinolibro. Esta obra maestra la venden a 10 pesos.



sábado, 2 de julio de 2011

Jane Smiley, De buena fe



En la fajilla publicitaria de esta novela de Jane Smiley (escritora estadunidense nacida en 1949) se lee lo siguiente:


"Impresionante. Smiley es una escritora magistral."

The New York Times Book Review



Uno de los mejores libros del año según The Washington Post, Chicago Tribune, San Francisco Chronicle y Los Angeles Times, de la autora ganadora de un Premio Pulitzer.





Los personajes principales son Joe Stratford y Gordon Baldwin (que se dedican a la compra y venta de casas, es decir, al negocio inmobiliario); Felicity Baldwin (hija de Gordon y amante de Joe), y Marcus Burns (un ex inspector de Hacienda guapo y seductor).


La novela consta de 448 páginas. En la p. 17 del capítulo 1 aparece por vez primera Marcus Burns, y en el capítulo 6 (pp. 81-97), uno ya sabe en qué va a terminar la novela. En otras palabras, lo que sucederá es tan evidente que da mucha flojera continuar leyendo. Lo hice porque creía que podía haber una vuelta de tuerca y un final sorprendente o cuando menos inesperado.


Con lo anterior quiero decir que su novela De buena fe (Good Faith, publicada en 2003) no me pareció impresionante ni uno de los mejores libros del año, y tampoco creo que Smiley sea una escritora magistral.


Al afirmar esto no lo hago de mala fe. Simplemente opino que no hay que creer todo lo que se lee en las fajillas publicitarias que algunos libros traen.



viernes, 27 de agosto de 2010

Perfil asesino, de John Connolly


Leí recientemente Perfil asesino (The Killing Kind), de John Connolly, editado por Tusquets y cuya traducción estuvo a cargo de Carlos Milla Soler.

Los crímenes que se narran en esta novela, además de horror, me produjeron escalofríos y repulsión, porque, además de su atroz crueldad, la mayoría de ellos tiene que ver con arañas, cientos de arañas, entre ellas viudas negras y reclusas. De estas últimas nunca había oído hablar.

Pero no hablaré de la novela; lo que quiero compartirles es la descripción de un libro singular, para cuya creación son necesarios los crímenes mencionados.


Cito textualmente:
El libro tenía unos treinta y cinco centímetros de largo y unos dieciocho de ancho. Seis huesos pequeños cruzaban el lomo horizontalmente en tres grupos equidistantes de dos. Se veían un poco amarillentos y recubiertos de alguna clase de conservante que los hacía brillar a la luz del sol. Aunque no habría podido asegurarlo, pensé que quizá se trataba de los extremos de unas costillas. En comparación con la textura del material sobre el que estaban embutidos, resultaban suaves al tacto. La tapa del libro había sido teñida de rojo intenso, a través del cual se veían pliegues y arrugas. Cerca del ángulo superior izquierdo sobresalía un lunar.
Era piel humana. La habían secado y cosido en retazos, usando como hilo lo que parecía tendón y tripa. Al acariciar la tapa con los dedos, no sólo percibí los poros y las líneas de la dermis utilizada para encuadernarlo, sino también las formas de los huesos que constituían el armazón: radios y cúbitos, sospeché, y probablemente más costillas. Daba la impresión de que el propio libro hubiese sido antes un ser vivo, piel sobre hueso, y de que sólo le faltaban la carne y la sangre para devolverle la plenitud original.
No había texto escrito ni en la tapa ni en el lomo, ni indicio alguno del contenido del libro. La única marca era la ilustración de la cubierta, de estilo jansenista con un único motivo central que se repetía en los cuatro ángulos. Era una araña, grabada con pan de oro, sus ocho patas enroscadas para sujetar una llave de oro.


Abrí el libro utilizando sólo las yemas de los dedos. El lomo lo formaba una espina dorsal humana, unida mediante hilo de oro, el único material que por lo visto no procedía de un cuerpo humano. Las páginas también habían sido cosidas con tendón. Por dentro, las tapas no estaban teñidas y se adivinaba más claramente la diferencia de pigmentación de las diferentes pieles empleadas. De lo alto del lomo descendía un punto de lectura hecho con mechones de pelo humano trenzados, obtenidos de cuerpos que, por razones de discreción y para ocultarlos, no podían ser presentados de manera más evidente.
El libro tenía alrededor de treinta hojas de diversos tamaños. Dos o tres se habían confeccionado mediante un único retazo de piel, con un ancho del doble del propio libro. Éstas habían sido plegadas y luego cosidas al lomo por el pliegue para crear dobles páginas; otras se componían de secciones menores de piel cuidadosamente cosidas entre sí, algunas no mayores de quince o veinte centímetros cuadrados. Las hojas variaban de grosor; una era tan fina que transparentaba mi mano, pero las otras tenían más capas. En su mayoría parecían fragmentos extraídos de la parte baja de la espalda o de los hombros; sin embargo, una presentaba el extraño orificio hundido de un ombligo humano y otra, cerca del centro, un pezón encogido. Como los bifolios de la antigüedad, los pergaminos hechos de piel de cabra y de vitela utilizados por los escribas medievales, un lado de la hoja, donde se había eliminado cualquier resto de vello corporal, era suave, en tanto que el otro era rugoso. Las caras suaves contenían las ilustraciones y el texto, de modo que en algunas dobles páginas sólo se había llenado el lado derecho.





Hoja tras hoja, en hermosa letra ornamental, aparecían pasajes del Apocalipsis; algunos eran capítulos completos, otros simplemente citas empleadas para desarrollar el significado de las ilustraciones. La caligrafía era de origen carolingio, una versión de la nítida y bella letra inspirada en el erudito anglosajón Alcuino de York, cada carácter con su forma precisa pero sencilla para mejor legibilidad. Faulkner había tenido en cuenta los orificios y defectos naturales de la piel, disimulándolos cuando era necesario con el carácter o adorno adecuados. Las mayúsculas eran unciales en todas las páginas, cada una de dos centímetros y medio de altura, resultado de centenares de trazos de pluma. Grotescos animales y sres humanos retozaban en torno a las bases y los trazos rectos.



sábado, 3 de julio de 2010

GALERÍA DE HIPERBREVES

Galería de Hiperbreves


Fui al remate de libros en el Auditorio Nacional y, entre otros, compré un libro que hace tiempo deseaba y no encontraba en librería: Galería de hiperbreves. Nuevos relatos mínimos. Edición de Círculo Cultural Faroni, Tusquets Editores.

Estuve encantada en el remate, pues prácticamente todos los libros de Tusquets (generalmente caros) estaban a 50 y algunos a 30 pesos. No pude ver los que ofrecían otras editoriales, pues se me acabó el dinero en esta sola editorial.

Gracias a Alberto Chimal supe hace tiempo de Ana María Shua, una escritora argentina cuyos cuentos hiperbreves o ultracortos o minificciones (o como gusten llamar a estos relatos de una extensión máxima de 15 a 20 líneas) son fascinantes.



Alberto Chimal

Como señala Cecilia Eudave, al leer un minicuento "uno recibe esa dosis de gozo que trae consigo la audacia de lograr, en pocas líneas, la sensación de ser seducido por el contacto próximo de una situación, de un sentimiento, de una anécdota, de un suceso, de una confesión, de la deconstrucción de un mito, de una parábola, de una fábula o leyenda, que con creatividad ilimitada, nos invita a penetrar ese mundo de ficción donde -aun en la brevedad, o gracias a ella- todo es posible" http://www.literaturas.com/eudave.htm.

Ahora Ana María Shua es ultraconocida, al menos para los amantes de la minificción, pero los autores de los relatos mínimos del libro en cuestión son, creo, casi desconocidos en México. Por ello quiero dedicar esta entrada a algunos de los que más me gustaron.




Ana María Shua

Hipnotizado

Estoy segura de que toda nuestra desgracia ha sido por culpa de la televisión. Mire que se lo dije: Pepe, ¿no ves que el programa ese es una chorrada con azafatas de celofán? Pero él a lo suyo, ni caso. Que si era una oportunidad pintada para estar en un plató, que si sería divertido, que si veríamos de cerca el espectáculo del famoso hipnotizador Hiduín... En fin, una lista de supuestas gozadas que cada vez me confirmaban más su ilusión colegial. Claro, no podía decirle que no, y ya ve cómo estamos. En su afán antiguo de salir por la pantalla de marras va y se presenta voluntario para ser hipnotizado por el "gran" Hiduín. Yo le susurraba que no hiciese el ridículo, pero estaba imparable. El tipo le durmió en un santiamén con su voz aterciopelada de flexión rocambolesca, y pronunció aquello de "al contar tres despertará y será usted un dulce niño de dos años". Ya puede imaginarse el gatuperio que se armó entre los aplausos del público y los lloros de mi marido correteando y llamando a su "mamá". Y en eso que el Hiduín empieza a tambalearse y cae al suelo ante nuestro asombro. Calma, nos dicen, no es nada, un ataque al corazón... Y al final suspenden la grabación y dejan a mi Pepe así, sin que nadie sepa deshacer el entuerto. Y yo me pregunto, doctor, ¿cómo le digo a nuestro hijo que comparta los juguetes con su padre?

Diego Prado
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El globo

Mientras subía y subía, el globo lloraba al ver que se le escapaba el niño.

Miguel Saiz Álvarez
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Despertar

Despertó cansado, como todos los días. Se sentía como si un tren le hubiese pasado por encima.
Abrió un ojo y no vio nada. Abrió el otro y vio las vías.

Norberto Costa
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La última cena

El conde me ha invitado a su castillo. Naturalmente yo llevaré la bebida.

Ángel García Galiano