viernes, 18 de septiembre de 2009

LEER Y LEER, por Marta Nualart



Fotomontaje: Flor griega ensangrentada*



*Imagen de letras griegas tomada del libro: Anacreonte, Safo y Tirteo (obviamente de la parte correspondiente a Safo).



Le pedí a Marta Nualart, amiga de toda la vida y a quien quiero y admiro enormemente, que escribiera un texto para este blog. Acabo de recibirlo y, la neta, me encantó. Es el siguiente:




Leer y leer

Escribo para tu blog, querida Blanca, a pedido tuyo. Ya sé que no necesitamos de pretextos para nuestras afinidades: hemos recorrido la vida en torno a nuestras afinidades, una de ellas son los libros. Hace pocos días fuimos juntas a las librerías de viejo que tanto te encantan: las de la calle de Donceles. Me compartiste otra vez tus caminos preferidos, como antes me hiciste conocer a Led Zeppelín, a Pink Floyd en sesiones musicales sensacionales.


Comparto contigo la pasión por los libros y cada una lo expresa en su estilo.

Leer es, para mí, una manera de ver, es una manera de conocer, es interpretar textos. Leer nos convierte en hermeneutas, cosmonautas, cineastas, guionistas, aventureras, nómadas incansables, aficionadas al sueño, a las utopías. Leer nos comunica con el mundo de lo posible y con el de la fantasía (el que más nos gusta a quienes nos apasiona la literatura). Claro, porque hay una diferencia entre leer y leer. Y yo elegí leer libros de literatura: novelas, algunos cuentos, novelas cortas, novelas río, biografías, biografías noveladas, diarios, prosa poética y algo de poesía-perlanegrainencontrable -. Pero sobre todo me gusta leer novelas.

Desde que me convencí de que leer era la actividad más placentera y creativa que había en la vida —a cambio de vivir la verdadera vida—, me propuse hacer una lista de libros leídos: por un tiempo la empecé a hacer, pero luego la olvidé. Craso error, porque ahora me regodearía con la larga lista de mi sapiencia; sapiencia cuantimás dudosa, ya que en una lista, en una estantería o en la propia memoria, resaltan sólo pocos títulos.

Cuando tuve que decidir a qué dedicarme, fantaseaba con trabajar en una librería y así tener miles de libros a mi disposición sin necesidad de comprarlos o acumularlos en el poco espacio de mi —entonces— cuarto.


Nunca trabajé en una librería, en cambio me dediqué a ser fonotecaria, que en realidad era como ser librera, pero de sonidos, especialmente de música.


Por muchos años tuve a mi disposición inmensas fonotecas: cintas, discos LP, discos compactos. El chiste no era tenerlos sino escucharlos. A los libros por ende, —me dije— también hay que escucharlos.


¡Y por azares del destino acabé trabajando durante diez años en una biblioteca!
Feo caso, pero descubrí que a la mayoría de los bibliotecarios no les gustan los libros.


Yo, en cambio, cada día invento un buen pretexto para tener un libro cerca de mi vista, los pongo sobre mi buró con la esperanza de ganarle la partida a la pantalla de TV. No hay comparación. Los libros siguen brillando aun frente a la competencia seductora de las imágenes. No me privo de ninguna opción, pero me atrapan los libros que se apilan cerca de mí, tan quietos y tan aparentemente inocentes…

El primer gran libro en mi vida —aunque nunca lo leí— , era un libro infantil: Criaturas acuáticas, creo, se titulaba. Carezco de datos más precisos, pero lo que sí tengo muy presente son sus tapas verdes de piel, sus pocas imágenes, en este caso pequeños y enigmáticos grabados dispersos a lo largo del texto. Nunca lo leí, tal vez porque no tenía la edad suficiente, pero la verdad es que ese libro, como objeto, me es tan significativo que fue el que desató mi pasión por los libros.

Los libros se clasifican por títulos, por autores, pero para mí son también objetos que encierran mundos codiciados, secretos por develar, signos que brillan como el papel paspartú, como la diamantina.


Ando cargando de casa en casa con esos pocos libros que a veces vuelvo a leer o regalo sin parar. He leído muchos libros prestados y muchos he prestado, aunque me cuido bien de prestar libros a quienes no los leen.

El mundo alucinante, de Reinaldo Arenas, es un libro que he leído dos o tres veces y que me fascina, aunque no lo tengo. Me fascina su historia y la metáfora que encierra, me fascina saber que Fray Servando Teresa de Mier, nombre que para mí significaba tan sólo una calle de mi ciudad, fue el personaje que el escritor cubano eligió como símbolo de su propia vida: la cárcel de las ideas versus la libertad de la imaginación. Nunca he leído un libro más alucinante salvo, quizás, las obras de Rimbaud. Anoté una frase que Arenas pone en palabras de Fray Servando: “Orlando, rara mujer…”, extraño lugar para encontrar esa cita insólita en Fray Servando, pero simbólica para Arenas, cita que me condujo de nuevo a Virginia Woolf, cuya novela Orlando es otra reiterada lectura que suelo comprar siempre para regalar, como también Fuegos, de Marguerite Yourcenar, librito que he leído cuatro veces.

De los cientos de libros que se editan diariamente, jamás podría llegar a leerlos todos —cosa que tampoco me preocupa— aunque la lista de espera es larga.


Como tú, poseo más libros de los que alcanzo a leer, curiosamente me deshago de los que más me importan.


Sabio consejo el de la regla N° XIII del librero de finales del Siglo XVIII: "Una vez leído, no lo retengas".

Leer satisface mi curiosidad, me sirve para indagar en lugares prohibidos, para seguir rutas. Un libro me conduce a otro siempre, me lleva de la mano y sin querer se van trazando mapas.
Por ejemplo, hacía tiempo que buscaba el Diario de Andre Gide; ya antes había leído El inmoralista y me pareció que no decía las cosas que esperaba escuchar. A la par de la tan anhelada lectura del Diario, encontré entre mis libros Los cuadernos de la Petit Dame, de Elisabeth van Rysselberghe, un diario alterno al de Gide, pues Elisabeth fue la madre de la hija del famoso autor. Ella describe con amor a un André Gide más humano que el que se lee en su diario, ella da detalles que Gide jamás menciona. Era la introducción que necesitaba para iniciar esa lectura tan deseada (más que introducción, fue un libro complementario: una especie de anexo revelador). De todas formas, ¡qué decepción que él haya omitido tantas cosas que vivió!, que no quiso o no pudo narrar pródigamente, honestamente, como muchos de sus seguidores hubiésemos deseado: en primer lugar, sus propias vivencias, y también sus encuentros con Wilde, con Proust, con Cocteau, lamentables omisiones cuyas raíces —sospecho—, parten de su temor a la condena; una especie de "No quiero ruidos con la inquisición", frase significativa expresada por Sor Juana en su famosa Respuesta a Sor Filotea. El miedo, persistente y amenazadora sombra que acecha a la libertad bajo diversos nombres: culpa, castigo, tortura, cárcel, censura, muerte.

Alguna vez, con motivo de una mudanza en casa de uno de mis hermanos en Monterrey, encontré una caja con libros para desechar. Dos de ellos llamaron poderosamente mi atención: sabía que eran libros muy valiosos, muy hermosos, eran tesoros que los inquilinos anteriores tiraron a la basura. Me quedé con ellos. No encuentro palabras para describirlos: Anacreonte, Safo y Tirteo, traducidos del griego en prosa y verso por Don José del Castillo Ayensa de la Real Academia Española. Madrid en la Imprenta Real 1852. El otro de Virgilio: Traducción de las obras del príncipe de los poetas latinos P. Virgilio Maron a verso castellano. Dividida en quatro tomos. Tomo II. Que contiene los quatro primeros libros de LA ENEIDA Por D. Joseph Rafael Larrañaga. México, en la Oficina de los Herederos del Lic. D. Joseph de Jauregui, Calle de San Bernardo. Año de 1787.
Me gusta pensar que este libro bien hubiera podido pertenecer a la biblioteca de Fray Servando Teresa de Mier. Son mis tesoros y aun así, he pensado en donarlos a alguna biblioteca para compartirlos y conservarlos de manera adecuada, desgraciadamente el ofrecimiento que hice a la biblioteca en la que trabajé durante diez años fue recibido con tal desinterés y frialdad que…siguen conmigo.

Podría contar un montón de anécdotas sobre el tema, pero menciono por último la frase de Alessandro Baricco que, hojeando por ahí, descubrí y anoté recientemente: “Un libro es un viaje para caminantes pacientes”.


Pues sí, un libro es, para unos, tarea de paciencia y para otras como yo, es sólo una gota que no sacia mi sed. Las bibliotecas, las librerías, las colecciones de libros, se convierten entonces en una llave que abre un chorro alborotado de agua corriente.


Esa sensación de impaciencia ante los miles de libros que esperan en mi lista, es una de las cosas que comparto contigo, amiga Blanca, e intuyo que, como a mí, te obsesiona la interpretación de los signos o simplemente la visión de las letras. El fotomontaje que encabeza mi texto es un ejemplo de la importancia que las letras, las palabras como imágenes me provocan.


7 comentarios:

  1. me encanto el texto, especialmente el fotomontaje

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  2. me encanto el viaje de la lluvia, los claveles rojos y marchitos de los emana vida

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  3. Muchas gracias por tu comentario. Se lo enviaré a Marta, quien lo apreciará mucho.

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  4. Marta, Martita te acuerdas? te recuerdo y me transporto alla, donde compartimos espacios y tiempos.
    Saludos del mas alla
    Enrique

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  5. Saludos Marta cada vez me sorprendes mas.
    Enrique

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  6. huadahuiini, alias guadalupe lópez garcía2:55 a. m., diciembre 09, 2011

    hoy, tardecito pues estamos en 2011, de madrugada, despierto leyéndote; así, disfruto como he disfrutado esos toques de humor que aprendí a reconocer, vivir, contigo, querida nual.

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  7. Le paso tu comentario a Marta, Huada, y te contesto como anónima pues hay una falla técnica que me impide hacerlo como arrumacos.
    Un abrazo,
    Blanca

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